Veo Llover!
-¡No te mojes!- Me
gritó un joven que pasó a mi lado, mientras caminaba bajo la lluvia en una de
las principales avenidas de la ciudad. Yo estaba demasiado sumida en la magia
que me provocaba aquel momento y sólo atiné a preguntarle -¿Por qué no?-, pero él
iba muy apresurado como para contestarme. Caí en la cuenta entonces de que recibo
muy a menudo la misma advertencia.
¿Por qué no
mojarse?, pregunto yo. ¿Qué hay de fatal en la lluvia? ¿Por qué la preocupación
desmesurada ante un cielo gris? Me da mucha pena ver a tanta gente temerosa y
malhumorada en las calles cuando ve caer agua del cielo.

A mí
personalmente me encanta mojarme y soy feliz cada vez que puedo hacerlo, donde
quiera que esté (sobre todo porque ya no
tengo que rogar por el permiso de mi madre). Dios me bendice de manera especial
con la lluvia; me devuelve el corazón de niña, que siempre me espera, y me
llena de paz.
Pero mi intención
no es que todo el mundo ande mojado por la vida. Puedo entender la
preocupación por un resfriado o por el dinero invertido en un salón de belleza.
Mi intención es dejarte saber que yo encontré alegría en algo que no siempre
fue de mi agrado y que generalmente desagrada a otros.
Siempre habrá una
bendición esperándonos, aun a veces escondida en algo que nos incomode o nos “amargue
la vida”. Quizás, si estamos atentos, podamos encontrarla en la constante
molestia de un hermano, en la música de un vecino, en el tapón de una
hora pico o en la próxima vez que veamos llover.

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